miércoles, 26 de junio de 2013

LOS PRIMEROS SERES HUMANOS

Este texto lo extraje de Breve historia del mundo para jóvenes de Manfred Main.  Lo pueden encontrar en la Biblioteca del Instituto Goethe.


Nuestra Tierra tiene casi cinco mil millones de años. Desde hace tres mil millones hay vida sobre ella, y hace quince millones co­menzó la evolución que llevó hasta la aparición del ser humano. Los pasos requeridos para que surgieran unos seres parecidos a no­sotros fueron innumerables. Aunque en este terreno quedan por resolver aún muchas cuestiones, los científicos pueden esbozar a grandes rasgos esa evolución. Nada les ha ayudado tanto en esta ta­rea como ciertos hallazgos de huesos y utensilios.

Parece ser que los primeros seres «prehumanos» comenzaron a caminar de pie hace ya más de cinco millones de años. Al hacer­lo, sus extremidades delanteras quedaron libres y pudieron evolu­cionar hasta convertirse en manos. El volumen del cerebro de esos seres vivos se triplicó durante los siguientes tres millones de años y los «prehumanos» se convirtieron en «protohumanos». Eran ca­paces de utilizar piedras y madera a modo de utensilios. Y como el material de esos instrumentos de los primeros humanos era la piedra, se denomina Edad de Piedra a los primeros 5.000.000 de años de la Historia de la Humanidad.

Desde aquellos primeros seres humanos de la Edad de Piedra hasta el hombre moderno, llamado Homo sapiens sapiens, quedaba aún por recorrer un largo camino. Los primeros representantes de este nuevo ser humano y, por tanto, nuestros antepasados directos, fue­ron los llamados hombres del Cromañón. Se les puso este nombre por el lugar del suroeste francés donde fueron hallados; pero pro­venían de África. Unos 40.000 años antes se habían trasladado des­de allí hasta Asia, Europa y —a través del paso terrestre existente aún entre Siberia y Alaska— América del Norte.

Los primeros seres humanos vivían en grupos —«hordas»— de 20 a 50 miembros como cazadores y recolectores. Se alojaban en cuevas, chozas sencillas de ramas o tiendas hechas de pieles de animales. Sin embargo, no las habitaban de forma permanente; al ser nómadas, seguían a los rebaños que les proporcionaban ali­mento y vestido y migraban coincidiendo con las estaciones. Eran más inteligentes que los «protohumanos» y cazaban con mayor habilidad: además de la lanza inventaron la flecha y el arco, excavaban trampas y apresaban animales salvajes con lazos. Sirvién­dose de utensilios cada vez mejores, ahuecaban troncos de árbo­les y los utilizaban como botes. Pronto aprendieron a capturar también peces con lanzas y con las primeras redes. Como ya do­minaban el arte de hacer fuego, podían asar carne y pescado y ha­cerlos así más comestibles. Al parecer, transmitían sus conoci­mientos y técnicas de trabajo de generación en generación. Así pues, podemos dar por supuesto que poseían un lenguaje bien ca­racterizado. La evolución precisa de ese lenguaje sigue siendo to­davía un gran enigma científico. Lo que sí es cierto es que ese tipo de lenguaje fue la condición previa para regular la vida cotidiana en grandes grupos y mejorar aún más la colaboración entre sus miembros.

Hubo un momento en que los seres humanos no dedicaron ya todo su tiempo y fuerzas para cazar animales y recolectar frutos; en cualquier caso, desarrollaron cierto sentido para las cosas be­llas. Elaboraron pulseras y collares con dientes, conchas y perlas, crearon figuras de piedra y hueso y ornamentaron sus armas y utensilios con relieves tallados. Así fue como aparecieron las pri­meras grandes obras de arte de la humanidad: las pinturas de un gran número de cuevas de Europa, por ejemplo las figuras de Las­caux, en Francia, y Altamira, en España, con sus 20.000 años de antigüedad. Nadie sabe con exactitud porqué crearon los seres humanos esas figuras tan sorprendentes. Es posible que, repre­sentando a los animales, quisieran conseguir alguna fuerza secre­ta para tener éxito en la caza; quizás ejecutaban danzas de conjuro ante aquellas imágenes a la luz de antorchas para granjearse la amistad de sus diosas o dioses —si es que creían en tales seres—. Así lo suponen los científicos que estudian los orígenes de la reli­gión. Lo deducen de la manera de enterrar a los muertos, sobre todo de los objetos hallados en las tumbas y que no pudieron haber tenido otra finalidad que proteger y acompañar a los difuntos. También lo deducen de ciertas obras artísticas que fueron crea­das, muy probablemente, por motivos religiosos. Tal es el caso de la famosa Venus de Willendorf, interpretada —con mucho funda­mento— como una diosa de la fertilidad. Y aunque esas interpre­taciones vayan, quizá, demasiado lejos, no hay duda de que los creadores de la Venus de Willendorf y de las pinturas rupestres es­tuvieron estrechamente emparentados con nosotros.


martes, 25 de junio de 2013

BIENVENIDOS

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Bienvenidos soy profesora de historia de primeros en el Liceo 14 y por medio de este blog espero poder continuar con el trabajo que estamos haciendo en clase.  Es la primera vez que escribo un blog de manera que toda la ayuda que quieran darme va a ser bien recibida.