jueves, 31 de octubre de 2013

EJERCICIO PRESENTACIÓN ROMA

Trabajo de presentación sobre la Civilización Romana
Pautas:
Armar un equipo de hasta tres alumnos.
Elegir uno de los siguientes temas:
·         Vestimenta romana
·         Peinado romano
·         Banquete romano
·         Alimentación romana
·         Las ciudades romanas
·         Los dioses romanos
·         La vivienda romana (la domus y la insulae)
·         Los templos romanos (El Panteón)
·         La educación romana
·         La familia romana
·         La medicina romana
·         Los caminos romanos
·         Los entretenimientos (teatro, circo, gladiadores)
·         El ejército romano

Buscar información sobre el tema que eligieron, en libros (biblioteca), en revistas, en internet, etc.
Estudiar la información obtenida.
Organizar una presentación de hasta 10 diapositivas siguiendo el criterio de que ha de ser clara, interesante, explicativa y por sobre todo debe ayudar a que sus compañeros de clase comprendan el tema.
Para la presentación NO “copiar  y pegar” de la red.  Eso anula la presentación.
Las imágenes al ser buscadas tienen que ser “grandes” ya que esto posibilita verlas bien en la pantalla del proyector.
Este trabajo se ha de entregar antes del 15 de noviembre.  Es importante tener en cuenta que se va a trabajar en su elaboración en las clases por lo que no se aceptarán errores  que puedan evitarse mediante la consulta al docente. Enviar la presentación a marianarava@gmail.com
A partir del 11 de noviembre se podrán exhibir las presentaciones según el orden de entrega.

lunes, 23 de septiembre de 2013

ANTIGUA GRECIA

LOS CIMIENTOS DEL MUNDO MODERNO


Democracia, filosofía, escuela, biblioteca, teatro, música, arquitecto, matemáticas, biología y pediatra son palabras que empleamos con toda naturalidad sin pensar en su origen. Todas provienen de la Grecia antigua y aluden al legado que hemos recibido de «los antiguos griegos»: los fundamentos de la política, la ciencia, el arte y la literatura.

Al hablar de la Grecia antigua no debemos imaginar, sin embargo, un Estado unificado. Hacia el 700 a.C. había en aquel país abrupto muchos pequeños Estados surgidos en las llanuras fértiles a los pies de las cordilleras, junto a la costa y en las islas. El centro de esos pequeños Estados era una ciudad; por eso se habla de ciudades Estado. Los griegos daban a esas ciudades Estado el nombre de «polis». Cada polis se preocupaba por mantener su libertad e independencia frente a las demás. Para garantizarlo se reclutaban tropas y se entablaban guerras a menudo.

Esparta y Atenas acabaron siendo—aunque por medios distintos—las dos ciudades principales. En el sur de la península del Peloponeso, Esparta, con sus soldados bien formados, venció y ocupó una ciudad tras otra y convirtió en esclavos a quienes no eran espartanos. Pero aquella gente no estaba dispuesta a soportar sin quejas y para siempre una existencia esclava y se produjeron revueltas y sublevaciones. Casi todos los espartanos varones hubieron de hacerse soldados para mantener en jaque a los esclavos, muy superiores en número.

Tras haber derrotado a aquellos esclavos insurrectos, los espartanos continuaron en estado de alerta, es decir, siguieron siendo soldados. Los jóvenes eran educados desde niños para el combate. A los siete años debían dejar la casa paterna y comenzaba su formación. Para enfurecerles, no les estaba permitido llevar calzado y sólo podían vestir ropas ligeras. Recibían una alimentación escasa para que, más tarde, supieran también salir adelante con poco. Si alguien creía que la comida era demasiado insuficiente, debía lograr complementarla por sí mismo—como hacen los soldados en la guerra—. Sólo se castigaba a quien se dejaba descubrir mientras robaba. Las pruebas de valor y las competiciones formaban también parte de la instrucción militar preparatoria. Así, cuando eran azotados, se proclamaba vencedor al muchacho que soportase más latigazos sin lanzar un grito de dolor.

Esparta llegó a ser con aquellos soldados la potencia militar más fuerte de Grecia. Los logros culturales de los espartanos fue­ron, en cambio, insignificantes.

En la zona de dominio de Atenas, en la península del Ática, hubo también agitación social, pues allí los terratenientes ricos y aristócratas oprimían y explotaban a los campesinos. Sin embargo, los ciudadanos atenienses no quisieron reaccionar con tanta brutalidad como los espartanos. Los atenienses se vieron, no obs­tante, obligados a hacer algo para que no se produjeran levantamientos, como había ocurrido en Esparta, e inventaron un cargo de mediador aceptable para ambas partes. Hallaron al hombre adecuado en la persona del sabio Solón (c. 640-561 a.C.). Solón ordenó limitar la propiedad del suelo para que los nobles ricos no pudieran adquirir más y más tierras. Se dio la libertad a los cam­pesinos empobrecidos que habían acabado en la esclavitud y, en adelante, no se pudo ya vender como esclavos a los ciudadanos endeudados; además, se les condonaron sus deudas. Solón revocó las duras leyes penales dictadas por su predecesor Dracón (origen de las «leyes draconianas»). Sin embargo, su ley de mayor trascenden­cia fue la que estableció que, a partir de entonces, el poder de decisión en Atenas no estaría ya en manos de un rey «divino» o un pequeño grupo de aristócratas, sino en las de los propios ciudadanos, que deberían reunirse en la asamblea del pueblo cuarenta veces al año, por lo menos, para debatir todos los asuntos impor­tes de la polis, acordar las leyes y decidir sobre la guerra y la paz. Para los negocios corrientes de gobierno se previó crear un consejo para el que podían ser elegidos ciudadanos de prestigio. Un tribunal popular velaba por el cumplimiento de las leyes. De ese modo, Solón creó una forma de poder completamente nueva denominada democracia, «poder del pueblo».

La democracia ateniense era imperfecta desde un punto de vis­ta actual, pues el poder era ejercido sólo por una pequeña parte del pueblo: los hombres libres. Cuando se habla de ciudadanos de Ate­nas se alude únicamente a ellos. Las mujeres, que según la opinión (masculina) dominante carecían de capacidad para tener voz pú­blica y habían quedado confinadas al hogar, estaban tan excluidas como los esclavos y los metecos (así se llamaba a los extranjeros llegados a la ciudad). Sin embargo, dadas las circunstancias de la época, aquella forma de poder representaba un avance sensacio­nal - a principios del siglo XX, la mayoría de los Estados del mun­do no habían progresado más que los atenienses.

La consecuencia de las reformas de Solón y sus sucesores, Clís­tenes y Pisístrato, no fue sólo una nueva forma de poder sino tam­bién un nuevo modo de vida, al menos para los ciudadanos de Atenas, a los que no se podía aplicar ya el principio de ordeno y mando sino el de expresión y réplica. Quien quisiera convencer a los demás necesitaba buenos argumentos que debía exponer con habilidad. Con aquel método de reflexión y discurso público me­diante el cual se ilustraba un asunto desde todas sus facetas, los atenienses inventaron de paso la filosofía. Liberaron el pensa­miento de su dependencia de la religión y lo hicieron autónomo. A partir de ese momento fue posible tener ideas nuevas sobre los seres humanos y los dioses, el cielo y la Tierra.  Entre los años 470 y 320 a.C., Atenas produjo, en las personas de Sócrates, Platón y Aristóteles, tres filósofos que han dejado su huella hasta nuestros tiempos en el pensamiento occidental.

Atenas sentó también nuevos criterios en arte y arquitectura. Los templos de la Acrópolis y las estatuas erigidas allí y en las pla­zas de la ciudad llegaron a ser imágenes ideales para el arte occi­dental arquitectónico y escultórico. Y, en fin, las primeras obras de la literatura mundial - los poemas épicos de Homero, la Ilíada y la Odisea, las tragedias y comedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, que se representaban todas las primaveras en honor del dios Dio­nisos y que se incluyen hasta hoy en los programas de los teatros del mundo entero - se deben también a autores griegos.

Los hijos de los ciudadanos de Atenas fueron los primeros que asistieron a una escuela en el sentido actual de la palabra. Su escolarización iba de los siete a los catorce años. Aprendían a leer, escribir y hacer cuentas y se valoraba la formación musical; todos los muchachos debían saber tocar al menos la flauta o la lira, una pequeña arpa. A medida que cumplían años se les enseñaba el arte de pronunciar discursos - la retórica -. También se dedicaban al estudio de la literatura griega, sobre todo las leyendas de Homero, algunos de cuyos pasajes importantes aprendían de me­moria. Una vez cumplidos los catorce años, la formación deportiva pasaba a ocupar el primer lugar. Esta formación se realizaba en el «Gymnásion», una especie de escuela de deportes de cuyo programa formaban parte la gimnasia, la lucha, el boxeo, la esgrima, las carreras y el lanzamiento de disco y jabalina. El fortalecimiento físico cumplía, por un lado, una finalidad militar, pues todo ciudadano estaba obligado a defender la polis; pero en el gimnasio se promocionaba, por otra parte, a los que estaban dotados para el deporte, pues quienes pertenecían al grupo de los mejores y se entrenaban con diligencia, incluso después de la jornada escolar, tenían la oportunidad de participar en los juegos olímpicos, celebrados cada cuatro años desde el 776 a. C. Dicha posibilidad constituía el máximo honor para cualquier ciudadano griego. Durante los juegos, ninguna polis podía hacer la guerra a otra; debía imperar la paz para que los mejores hombres de toda Grecia pudieran enfrentarse en las competiciones deportivas. Los vencedores eran homenajeados y recibidos en su ciudad como héroes. Quedaban exentos del pago de impuestos, eran mantenidos de por vida a cargo de la ciudad a la que habían contribuido a honrar y se les otorgaba una localidad de honor en el teatro. Los altos rendimientos deportivos valían la pena ya en aquellos tiempos.

MAI, Manfred, Breve historia del mundo para jóvenes lectores, 
Océano, Península, Atalaya, Barcelona, 2004 /2002

Biblioteca del Instituto Goethe


martes, 23 de julio de 2013

EGIPTO

Si sospechan que pretendo hacerles leer un libro.... están en lo correcto.  Este capítulo del libro habla de la civilización egipcia.

LA PRIMERA MARAVILLA DEL MUNDO


Hay personas que apenas se han preocupado por la historia, pero incluso ellas saben que hace mucho tiempo se construyeron pirá­mides en Egipto y que los soberanos que las mandaron levantar se llamaban faraones. Aquellas construcciones de 4.500 años de an­tigüedad siguen causándonos admiración hasta el día de hoy.

Los primeros cazadores y recolectores que habitaban a lo lar­go del Nilo adoptaron hace unos 5.000 años a.C. una forma de vida sedentaria. Aprendieron a vivir con el Nilo, lo que al princi­pio no fue, seguramente, nada fácil. En efecto, el imponente río tenía una crecida todos los veranos e inundaba el país. La riada era peligrosa, pero cuando las aguas volvían a retirarse en otoño dejaban tras de sí una capa de lodo. Aquel lodo era un abono es­tupendo y proporcionaba gran fertilidad a los campos. La gente se mostraba agradecida al Nilo y lo veneraba como a un Dios: «Te alabo, Oh Nilo, que surges de la Tierra y pasas por aquí para ali­mentar a Egipto. Riegas los campos y tienes la virtud de nutrir a todos los animales. Empapas el desierto alejado del agua, produ­ces la cebada y creas el trigo. Llenas los graneros y ensanchas los pajares y das algo a los pobres. En tu honor tocamos el arpa y can­tamos». Los egipcios daban gracias al Nilo con este canto. Y como el río era vital para ellos, lo observaban con gran atención. En sus observaciones comprobaron que la crecida llegaba, por término medio, cada 365 días. Ese número de días sumaba para ellos un año nilótico, que dividieron en doce meses de 30 jornadas. Las cinco restantes las intercalaron entre un año y otro. De ese modo, hacia el 3000 a.C., los egipcios introdujeron un calendario utilizado hasta hoy en el mundo entero con pocos cambios.

Por aquel entonces había a orillas del Nilo dos reinos que lu­chaban por la hegemonía: el Alto Egipto, en el curso superior, y el Bajo Egipto, en la zona de la desembocadura. Cuenta la tradición que, el año 3100 a.C., el rey Menes del Alto Egipto conquistó con su ejército el Bajo Egipto, fundó la capital de Menfis y se convirtió en soberano de todos los egipcios. Como «faraón» no era sólo rey sino que se le veneraba, además, como un dios y se le dirigían ora­ciones como a los demás dioses. Poseía un poder ilimitado y su voluntad era ley. Unos funcionarios encabezados por el visir se ocu­paban de la aplicación de sus leyes. El visir era una especie de jefe de gobierno y juez supremo al mismo tiempo; era, por tanto, el hombre más poderoso de Egipto después del faraón.

Para administrar aquel gran reino de cerca de un millón de habitantes y organizar la producción y distribución de alimentos, los funcionarios adoptaron de los sumerios el arte de la escritura, pero desarrollaron un sistema propio. La mezcla de imágenes y signos recibió más tarde el nombre de «jeroglífico», que significa ‘escritura sagrada’. Al principio los textos se grababan en piedra. Más tarde, los egipcios fabricaron con plantas de papiro un prece­dente del papel y escribieron sobre él con plumas de caña y tinta.

Los egipcios que sabían escribir, hacer cuentas y leer pertene­cían a la alta sociedad. Los altos funcionarios y los sacerdotes ocupaban en la jerarquía del Estado el rango inferior al del visir. Un grado más abajo, pero encima todavía de los comerciantes y artesanos, se hallaban los escribas corrientes. En el escalón infe­rior de aquella jerarquía vivía la gran masa de campesinos y tra­bajadores, que constituían el 80 % de la población. Ellos fue­ron quienes levantaron los palacios, los templos y los sepulcros de los faraones.

Las pirámides fueron símbolos de la grandeza de los faraones sepultados en ellas. Así se explica la competencia por construirlas cada vez más altas e imponentes. El constructor de la más grande, el faraón Keops, reinó hacia el 2500 a.C. Keops ordenó proyectar su tumba cuando apenas había comenzado a desempeñar su car­go y era todavía un hombre joven. Como en Gizah, el lugar don­de debía alzarse, sólo había un desierto de arena, hubo que llevar allí desde canteras alejadas los bloques de piedra necesarios, unos 5 millones de piezas de hasta tres toneladas de peso. Los blo­ques se trasladaban en barco hasta Gizah. Antes hubo que construir una carre­tera desde la orilla del Nilo hasta la ubicación de la pirámide proyectada. Esta obra sola duró ya diez años. La construcción de la pirámide propiamente dicha requirió otros 23. Los restos de la colonia de obreros, hallados más tarde, permiten concluir que el número de trabajadores permanentes en la pirámide de Keops rondaba los 4.000. A ellos se sumaban cada año entre 50.000 y 100.000 campesinos durante los meses de las inundaciones del Nilo. Sirviéndose tan sólo de su fuerza corporal, palancas y tornos de cable fueron superponiendo los bloques de piedra hasta que la pirámide alcanzó 146 metros de altura. En la base, de 230 metros de lado, habrían cabido diez campos de fútbol.

  Dentro de la pirámide se hallaba la cámara sepulcral del fa­raón donde, tras su muerte, se hallaría a salvo de cualquier peli­gro. Aquella protección era una necesidad, pues los egipcios creí­an en una vida tras la muerte. Para esa vida, sin embargo, había que disponer del propio cuerpo. Para conservar su cuerpo, el fa­raón fue embalsamado mediante un procedimiento costoso y en­vuelto en vendas de lino empapadas en resina. Y con el fin de que se sintiera a gusto incluso en el más allá, se depositó junto al fara­ón, en la cámara sepulcral, una parte de sus tesoros, además, por supuesto, de comida y bebida. Hoy, todo aquel dispendio nos pa­rece monstruoso. Pero entonces la gente creía que los faraones in­tervendrían desde el más allá en favor del bienestar de Egipto, lo cual les compensaba de unos gastos tan grandes.

            Las culturas de los sumerios y los egipcios son para nosotros las primeras culturas superiores de la historia. La egipcia perduró más tiempo que cualquier otra.  No concluyó hasta el 332 a.C., des­pués de más de 3.000 años, con la conquista del ejército griego mandado por Alejandro Magno.


MAI, Manfred, Breve historia del mundo para jóvenes lectores, 
Océano, Península, Atalaya, Barcelona, 2004 /2002

Biblioteca del Instituto Goethe


Es recomendable también de "Exploradores de la Historia" el capítulo dedicado a Egipto.  



MESOPOTAMIA

Seguimos con Manfred Mai, en este capítulo escribe sobre la civilización sumeria, probablemente la primer civilización.  En clase ya hablamos sobre ellos y vimos imágenes relacionadas a su civilización.


UN PUEBLO INTELIGENTE

Mientras en Centroeuropa los seres humanos iban de un lado a otro como cazadores y recolectores, los sumerios crearon la pri­mera gran cultura de la humanidad en Mesopotamia, el país en­tre el Éufrates y el Tigris. Habían inventado ya la rueda y el pri­mer arado, tirado por burros o por bueyes. Construyeron ciudades donde vivían hasta 50.000 personas, diques para protegerlas de las inundaciones y canales para regar sus campos. En unas co­munidades de tamaño tan considerable, aquellos trabajos, al igual que la producción y distribución de bienes, requerían pla­nificación y organización. Por tanto, los sumerios buscaron cómo retener las cosas importantes en algún lugar que no fuera la sim­ple memoria. Al principio utilizaron pequeñas imágenes que re­presentaban, por ejemplo, a un hombre, a una mujer, una vaca, una cesta de frutas o un saco de grano. De aquellas figuras derivó con el tiempo un sistema de signos que les permitió dejar constancia de sucesos e informes. Imprimían los signos presio­nando con bastoncillos en forma de cuña sobre tabletas de arci­lla blanda que luego cocían para fijar lo escrito. A partir de ese momento, la comunicación oral dejó de ser el único medio de transmitir el saber a los contemporáneos y a la posteridad.

Con el invento de la rueda y de la llamada «escritura cuneifor­me», los sumerios dieron dos grandes pasos en la historia de la humanidad. Pero también fueron pioneros en otros campos. In­ventaron, por ejemplo, un sistema métrico con unidades de 12 ó 60 componentes. Nuestra división del tiempo en 60 segundos por minuto y 60 minutos por hora se remonta a aquel sistema. Y to­davía hoy, una docena consta de doce elementos.

Las ciudades de los sumerios estaban constituidas y organiza­das como pequeños Estados. Al frente de ellas se hallaba el sobera­no de la ciudad, que derivaba su derecho a gobernar de su proxi­midad con los seres divinos. De los sumerios sabemos también que tenían una religión, y que era una religión con muchos dioses.

El soberano de la ciudad dictaba leyes que regulaban la convi­vencia entre la gente y fijaba la cuantía de los tributos que todos debían aportar. Aquellos tributos servían para mantener al clero y la administración, organizar una defensa militar, garantizar el su­ministro de agua y llenar los almacenes con provisiones para épo­cas de escasez. Hoy diríamos que los sumerios pagaban impues­tos. Hay aún algo más que nos parece muy moderno en los sumerios: sus ciudades peleaban a menudo; la causa de aquellos conflictos era la propiedad, sobre todo la posesión de tierras, y el poder. Muchas de esas peleas derivaban en guerras, y más de una guerra se entabló en nombre de los dioses respectivos.


La época de esplendor de los sumerios duró unos 1.500 años. Hacia el 2.000 antes de Cristo, su cultura se había difundido por zonas extensas de Oriente Próximo. No es posible decir con certe­za por qué desaparecieron de la historia poco después. De todos modos, sus inventos y su cultura les sobrevivieron.

MAI, Manfred, Breve historia del mundo para jóvenes lectores, 
Océano, Península, Atalaya, Barcelona, 2004 /2002
Biblioteca del Instituto Goethe


Para ubicarnos podemos utilizar este mapa:


También es interesante ver en "Exploradores de la Historia" el capítulo dedicado a Mesopotamia.




miércoles, 26 de junio de 2013

LOS PRIMEROS SERES HUMANOS

Este texto lo extraje de Breve historia del mundo para jóvenes de Manfred Main.  Lo pueden encontrar en la Biblioteca del Instituto Goethe.


Nuestra Tierra tiene casi cinco mil millones de años. Desde hace tres mil millones hay vida sobre ella, y hace quince millones co­menzó la evolución que llevó hasta la aparición del ser humano. Los pasos requeridos para que surgieran unos seres parecidos a no­sotros fueron innumerables. Aunque en este terreno quedan por resolver aún muchas cuestiones, los científicos pueden esbozar a grandes rasgos esa evolución. Nada les ha ayudado tanto en esta ta­rea como ciertos hallazgos de huesos y utensilios.

Parece ser que los primeros seres «prehumanos» comenzaron a caminar de pie hace ya más de cinco millones de años. Al hacer­lo, sus extremidades delanteras quedaron libres y pudieron evolu­cionar hasta convertirse en manos. El volumen del cerebro de esos seres vivos se triplicó durante los siguientes tres millones de años y los «prehumanos» se convirtieron en «protohumanos». Eran ca­paces de utilizar piedras y madera a modo de utensilios. Y como el material de esos instrumentos de los primeros humanos era la piedra, se denomina Edad de Piedra a los primeros 5.000.000 de años de la Historia de la Humanidad.

Desde aquellos primeros seres humanos de la Edad de Piedra hasta el hombre moderno, llamado Homo sapiens sapiens, quedaba aún por recorrer un largo camino. Los primeros representantes de este nuevo ser humano y, por tanto, nuestros antepasados directos, fue­ron los llamados hombres del Cromañón. Se les puso este nombre por el lugar del suroeste francés donde fueron hallados; pero pro­venían de África. Unos 40.000 años antes se habían trasladado des­de allí hasta Asia, Europa y —a través del paso terrestre existente aún entre Siberia y Alaska— América del Norte.

Los primeros seres humanos vivían en grupos —«hordas»— de 20 a 50 miembros como cazadores y recolectores. Se alojaban en cuevas, chozas sencillas de ramas o tiendas hechas de pieles de animales. Sin embargo, no las habitaban de forma permanente; al ser nómadas, seguían a los rebaños que les proporcionaban ali­mento y vestido y migraban coincidiendo con las estaciones. Eran más inteligentes que los «protohumanos» y cazaban con mayor habilidad: además de la lanza inventaron la flecha y el arco, excavaban trampas y apresaban animales salvajes con lazos. Sirvién­dose de utensilios cada vez mejores, ahuecaban troncos de árbo­les y los utilizaban como botes. Pronto aprendieron a capturar también peces con lanzas y con las primeras redes. Como ya do­minaban el arte de hacer fuego, podían asar carne y pescado y ha­cerlos así más comestibles. Al parecer, transmitían sus conoci­mientos y técnicas de trabajo de generación en generación. Así pues, podemos dar por supuesto que poseían un lenguaje bien ca­racterizado. La evolución precisa de ese lenguaje sigue siendo to­davía un gran enigma científico. Lo que sí es cierto es que ese tipo de lenguaje fue la condición previa para regular la vida cotidiana en grandes grupos y mejorar aún más la colaboración entre sus miembros.

Hubo un momento en que los seres humanos no dedicaron ya todo su tiempo y fuerzas para cazar animales y recolectar frutos; en cualquier caso, desarrollaron cierto sentido para las cosas be­llas. Elaboraron pulseras y collares con dientes, conchas y perlas, crearon figuras de piedra y hueso y ornamentaron sus armas y utensilios con relieves tallados. Así fue como aparecieron las pri­meras grandes obras de arte de la humanidad: las pinturas de un gran número de cuevas de Europa, por ejemplo las figuras de Las­caux, en Francia, y Altamira, en España, con sus 20.000 años de antigüedad. Nadie sabe con exactitud porqué crearon los seres humanos esas figuras tan sorprendentes. Es posible que, repre­sentando a los animales, quisieran conseguir alguna fuerza secre­ta para tener éxito en la caza; quizás ejecutaban danzas de conjuro ante aquellas imágenes a la luz de antorchas para granjearse la amistad de sus diosas o dioses —si es que creían en tales seres—. Así lo suponen los científicos que estudian los orígenes de la reli­gión. Lo deducen de la manera de enterrar a los muertos, sobre todo de los objetos hallados en las tumbas y que no pudieron haber tenido otra finalidad que proteger y acompañar a los difuntos. También lo deducen de ciertas obras artísticas que fueron crea­das, muy probablemente, por motivos religiosos. Tal es el caso de la famosa Venus de Willendorf, interpretada —con mucho funda­mento— como una diosa de la fertilidad. Y aunque esas interpre­taciones vayan, quizá, demasiado lejos, no hay duda de que los creadores de la Venus de Willendorf y de las pinturas rupestres es­tuvieron estrechamente emparentados con nosotros.


martes, 25 de junio de 2013

BIENVENIDOS

Hola: 
Bienvenidos soy profesora de historia de primeros en el Liceo 14 y por medio de este blog espero poder continuar con el trabajo que estamos haciendo en clase.  Es la primera vez que escribo un blog de manera que toda la ayuda que quieran darme va a ser bien recibida.