Este texto lo extraje de Breve historia del mundo para jóvenes de Manfred Main. Lo pueden encontrar en la Biblioteca del Instituto Goethe.
Nuestra Tierra tiene casi cinco mil millones de
años. Desde hace tres mil millones hay vida sobre ella, y hace quince millones
comenzó la evolución que llevó hasta la aparición del ser humano. Los pasos
requeridos para que surgieran unos seres parecidos a nosotros fueron
innumerables. Aunque en este terreno quedan por resolver aún muchas cuestiones,
los científicos pueden esbozar a grandes rasgos esa evolución. Nada les ha
ayudado tanto en esta tarea como ciertos hallazgos de huesos y utensilios.
Parece ser que los primeros seres «prehumanos»
comenzaron a caminar de pie hace ya más de cinco millones de años. Al hacerlo,
sus extremidades delanteras quedaron libres y pudieron evolucionar hasta
convertirse en manos. El volumen del cerebro de esos seres vivos se triplicó
durante los siguientes tres millones de años y los «prehumanos» se convirtieron
en «protohumanos». Eran capaces de utilizar piedras y madera a modo de
utensilios. Y como el material de esos instrumentos de los primeros humanos era
la piedra, se denomina Edad de Piedra a los primeros 5.000.000 de años de la Historia de la Humanidad.
Desde aquellos primeros seres humanos de la Edad de Piedra hasta el
hombre moderno, llamado Homo sapiens sapiens, quedaba aún por recorrer
un largo camino. Los primeros representantes de este nuevo ser humano y, por
tanto, nuestros antepasados directos, fueron los llamados hombres del
Cromañón. Se les puso este nombre por el lugar del suroeste francés donde
fueron hallados; pero provenían de África. Unos 40.000 años antes se habían trasladado desde allí hasta Asia,
Europa y —a través del paso terrestre existente aún entre Siberia y
Alaska— América del Norte.
Los primeros seres humanos vivían en
grupos —«hordas»— de 20 a 50 miembros como cazadores y
recolectores. Se alojaban en cuevas, chozas sencillas de ramas o tiendas hechas
de pieles de animales. Sin embargo, no las habitaban de forma permanente; al
ser nómadas, seguían a los rebaños que les proporcionaban alimento y vestido y
migraban coincidiendo con las estaciones. Eran más inteligentes que los
«protohumanos» y cazaban con mayor habilidad: además de la lanza inventaron la
flecha y el arco, excavaban trampas y apresaban animales salvajes con lazos.
Sirviéndose de utensilios cada vez mejores, ahuecaban troncos de árboles y
los utilizaban como botes. Pronto aprendieron a capturar también peces con
lanzas y con las primeras redes. Como ya dominaban el arte de hacer fuego,
podían asar carne y pescado y hacerlos así más comestibles. Al parecer,
transmitían sus conocimientos y técnicas de trabajo de generación en
generación. Así pues, podemos dar por supuesto que poseían un lenguaje bien caracterizado.
La evolución precisa de ese lenguaje sigue siendo todavía un gran enigma
científico. Lo que sí es cierto es que ese tipo de lenguaje fue la condición
previa para regular la vida cotidiana en grandes grupos y mejorar aún más la
colaboración entre sus miembros.
Hubo un momento en que los seres humanos no
dedicaron ya todo su tiempo y fuerzas para cazar animales y recolectar frutos;
en cualquier caso, desarrollaron cierto sentido para las cosas bellas.
Elaboraron pulseras y collares con dientes, conchas y perlas, crearon figuras
de piedra y hueso y ornamentaron sus armas y utensilios con relieves tallados.
Así fue como aparecieron las primeras grandes obras de arte de la humanidad:
las pinturas de un gran número de cuevas de Europa, por ejemplo las figuras de
Lascaux, en Francia, y Altamira, en España, con sus 20.000 años de antigüedad. Nadie sabe con exactitud porqué
crearon los seres humanos esas figuras tan sorprendentes. Es posible que, representando
a los animales, quisieran conseguir alguna fuerza secreta para tener éxito en
la caza; quizás ejecutaban danzas de conjuro ante aquellas imágenes a la luz de
antorchas para granjearse la amistad de sus diosas o dioses —si es que creían en
tales seres—. Así lo suponen los científicos que estudian los orígenes de la
religión. Lo deducen de la manera de enterrar a los muertos, sobre todo de los
objetos hallados en las tumbas y que no pudieron haber tenido otra finalidad
que proteger y acompañar a los difuntos. También lo deducen de ciertas obras
artísticas que fueron creadas, muy probablemente, por motivos religiosos. Tal
es el caso de la famosa Venus de Willendorf, interpretada —con mucho fundamento— como
una diosa de la fertilidad. Y aunque esas interpretaciones vayan, quizá,
demasiado lejos, no hay duda de que los creadores de la Venus de Willendorf y de las
pinturas rupestres estuvieron estrechamente emparentados con nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario